El nuevo intento de imponer un registro obligatorio de identidad para líneas de telefonía celular es presentado como una medida de seguridad, pero su utilidad está lejos de estar demostrada y, en los hechos, se suma a una larga lista de fracasos registrales del Estado mexicano. El problema, sostiene el análisis, no está en motocicletas compradas a crédito ni en teléfonos, sino en asuntos cotidianos y graves como el desorden catastral y la falta de certeza sobre la propiedad inmobiliaria. Como antecedente, se recuerda que en 2013 se difundieron datos según los cuales cerca de 13 millones de viviendas carecían de documentación que acreditara su regularización o propiedad, muchas en zonas de riesgo. Al no existir papeles, esos inmuebles no figuran en registros públicos, lo que también debilita la recaudación y la planeación urbana, sin que ello parezca ser prioridad gubernamental. En contraste, se insiste en controlar la telefonía móvil, aunque incluso las llamadas fraudulentas con prefijos del extranjero siguen ocurriendo. El texto subraya que la campaña actual no es novedosa: en 2021, en plena administración anterior, el Senado aprobó la creación del Registro Nacional de Usuarios de Telefonía Móvil (Renaut), que contemplaba datos biométricos. En su momento se advirtió que ni autoridades ni concesionarios estaban en condiciones de manejar tal volumen de información, y se señaló el riesgo de vulnerar derechos y libertades. Un juez federal consideró que el esquema era lesivo y que no se acreditaba su eficacia para reducir la inseguridad. También se trae a cuenta el fracaso del Registro Nacional de Vehículos (Renave) en el sexenio de Ernesto Zedillo, un caso marcado por irregularidades y por el escándalo que rodeó a quienes participaron en la concesión. Finalmente, se plantea que, con la desaparición de contrapesos institucionales, los datos sensibles de millones de personas quedan más expuestos y pueden terminar en manos indebidas. La lección, concluye el texto, es que el país repite fórmulas fallidas y no aprende —o no quiere aprender— de su propia historia.